miércoles, 8 de febrero de 2017

La Sierra de Albarracín en Bicicleta: El Algarbe-El Algarbe (I)

Hoy me saco peso. La comida, la herramienta, la cámara, un par de libros y el cuaderno se vienen de paseo, el resto se queda en El Algarbe. Voy cara Royuela. Tengo una vaga noción de lo que podría hacer hoy, pero nada que tenga que ver con una decisión firme. Una única imposición, regresar a dormir a El Algarbe. 

Me abrevo un café solo y tosco en el primer bar con que me doy de bruces al hacer mi fulgurante entrada en Royuela. Para no desentonar, con los días últimos, he salido sin desayunar. La persiana estaba a medio subir, pero el tipo se porta y me hace el favor de prepararme ese café. Me lo extiende y yo lo recojo para depositar su amarga negritud sobre una de las dos mesas que el establecimiento tiene dispuestas en la frontera del edificio, al aire de la calle. Si bien, a estas horas el aire, lo que se entiende por correr, corre poco. Aguarda la ambulancia, mi benefactor. Su madre ha de ir a rehabilitación. Me lo cuenta por fascículos el par, o tres, de ocasiones que sale a la puerta para comprobar que el vehículo sanitario no ha hecho ni siquiera mención de aparecer. Adecenta el local, como buenamente puede, con la urgencia del desplazamiento materno sobre sus hombros. A saber qué día llevará hoy. 

Royuela 
En Royuela vivían, en 2016, algo más de doscientas almas. En 1950, el lugar llega a contabilizar unas seiscientas. Me invade una honda y muy molesta sensación de desamparo. En el mismo archivo del Instituto Aragonés de Estadística en que puedo leer la desalentadora estadística, unas líneas más abajo, encuentro los datos referentes al pueblo de mi abuelo, Rubielos de la Cérida. Sin duda, aquí en Royuela han corrido mejor suerte. Allá, de cuatrocientas veintiocho almas en 1950, no llegan a las sesenta en la actualidad. Vaya consuelos hemos de encontrar. 

Abono la consumición y aprovecho para preguntar por el horno. Me indica su emplazamiento con meridiana claridad y me desea suerte en mi periplo estival. No puedo impedir que por mi cabeza pase la idea de que él sí va a ser quien la necesite. Qué despropósito este Teruel abandonado a su suerte. Luego pienso en todas las personas a las que he ido conociendo, que tienen su residencia en el terruño, o que han marchado, pero que ponen su esfuerzo y su ilusión, un día sí y otro también, en ese sombrero de copa del que los magos extraen cosas maravillosas para dejar al público atónito y sin palabras. Ellos habrán de ser quienes levanten, por sí mismos, con la ayuda única de su ingenio, por lo visto, esta tierra denostada. Y yo estaré cerca, espero, frotando mis ojos para poder descubrir la naturaleza de los ardides ante los que habremos, no me cabe duda, de descubrirnos cuando Teruel florezca de nuevo.

Guía de la naturaleza de la sierra de Albarracín
En la panadería compró pan y unos hojaldres con chocolate. El portabultos se ha decidido a darme el viaje. Ahora los tornillos que lo sujetan al cuadro se aflojan. Lo peor es el tostón de haber de sacar la caja con la herramienta del fondo de la alforja. Reparar el desaguisado. Devolver todo a su sitio y mirar y remirar si he olvidado una tuerquecita, un tornillete por el piso, comprobar que he devuelto todo a su sitio, que no me voy dejando los zarrios por el camino. La guinda del pastel la pone uno de los tornillos. Ha perdido el dibujo de la llave. Pues se va a quedar suelto, la allen no agarra. Lo peor, que me va a tocar ir comprobando, cada cierto tiempo, que el catatico no se afloja demasiado. Qué cruz.

Mi próximo destino habitado será Calomarde. No sin antes llegarme hasta unos chopos cabeceros emplazados a la orilla del Guadalviar. De ellos me habló Begoña entre que buscábamos orquídeas, un par de días atrás. Toda la estampa precede a la ciudad de Albarracín, a la que no habré de llegar hoy. Me he reservado la última tarde mía acá para pasear por sus calles.

Chopos cabeceros a orillas del Guadalaviar
Chabier de Jaime es profesor de biología y geología en el instituto de Calamocha, su localidad natal (lo que, teniendo en cuenta cómo está el patio demográfico, es de admirar). Ha escrito varios libros, unos en solitario, otros no, que narran del patrimonio ambiental y humano de las tierras del Teruel occidental. Firmó con Rodrigo Pérez, una guía de naturaleza de la sierra de Albarracín que ha sido una excepcional compañera de penurias estos días por razones más que obvias. Es además el principal responsable de que el blog de naturaleza del Centro de Estudios del Jiloca, con el que colaboro de cuando en cuando, se actualice con nuevos artículos cada dos, a lo sumo tres días. Si bien lo saco a colación aquí en su condición (si es que no puede estarse quieto el zagal) de alma mater de la recuperación de la cultura de los árboles trasmochos en el sur del país. De no habernos conocido, este viaje no hubiese sido posible. No estoy pensando en el viaje físico. En ese otro, el que dota a todo de sentido, el del espíritu. En ese viaje, Chabier ha tenido mucho que ver. 

Chabier de Jaime en la última Fiesta del Chopo Cabecero en Badules
Leí sus libros mi primer año, de vecino accidental, en Luco de Jiloca. La casa que mis abuelos compraron, al volver de su exilio económico en Calahorra, había estado cerrada y sin uso varios años. Yo convine a romper ese silencio y a devolverle algo de ruido fines de semana y fiestas de guardar, lo que laboralmente estaba en mi mano. En ese primer año largo, sin amistades por la contornada, mi ocio se reducía a patear los cabezos circundantes y a darle la tabarra a mi tío Vicente, nacido del lugar y vecino de continuo. Me acerqué a los escritos de Chabier para saber qué podía encontrarme en mis caminatas y qué otras rutas, aun desconocidas, podía acometer. Luego vino el Curso de Ornitología práctica que Adrii Jiloca-Gallocanta organiza cada año por primavera, del que Chabier es profesor, y nos conocimos personalmente. Y unos meses más tarde, la primera fiesta del Chopo Cabecero a la que asistí, a celebrarse, a medias, entre Cuencabuena y Lechago, en la que se mostró como un anfitrión excepcional, atento e inclusivo para con un individuo con quien apenas había tenido trato y que aparentaba ser, cuanto menos, personándose en el sarao solo y a pie, de poco fiar. 

Chopos cabeceros en Aguilar del Alfambra
Al crepúsculo de los grandes árboles, imbuido del tintineo monótono del agua en su transcurrir, pienso en Chabier y en lo que vino después de él, en cómo ha cambiado mi vida frecuentar el país de mis abuelos y lo castigado que está. Una afirmación con pinzas, el entorno natural luce una salud envidiable, pero este paisaje no es comprensible sin su paisanaje. Y la historia de los grandes árboles es prueba irrefutable de lo que escribo. Pienso en Chabier, pero no sólo en Chabier. Pienso en Pilar o en Antonio, en Olmo o en Ivo, en los valles del Jiloca, del Alfambra o del Guadalope y en sus descendientes, en todo lo que supone que hayamos llegado hasta aquí, en todo lo que se ha perdido, y una caterva de sentimientos, gratitud y rabia, admiración y tristeza, regocijo y nostalgia, orgullo y esperanza vuelven a pasar por mi corazón. 

Chopo cabecero y río Guadalaviar
Las explosiones demográficas en Teruel supusieron la completa deforestación de una amplia vastedad del territorio para la obtención de madera y pastos. Donde había agua, en las breves vegas y en las ramblas caudalosas, se plantaron estaquillas de chopos negros, árboles de crecimiento rápido que pudieran proveer de la fusta que arrasar con carrascas, rebollos y sabinas había hecho imposible obtener. Ya desde el neolítico se conocía la virtud de los árboles de ribera principalmente, álamos y sargas, de crecer chitos al perder una rama o parte de la corteza. Así, cuando la estaquilla había alcanzado unos dos metros de altura y los brotes iban a quedar fuera del alcance del diente del ganado, al chopo se le descabezaba y éste brotaba nuevas ramillas ascape. Al año siguiente, los chitos idóneos eran respetados y el resto, los que no valían, eran cortados y sus hojas servían de alimento para el bestiamen. Los supervivientes crecerían en longitud a lo largo de los quince, puede que veinticinco años siguientes, rectos e infinitos lo mismo que si buscaran, de algún modo imperceptible, escapar a la sentencia implacable del hacha del escamondador. A su momento, el ejemplar volvería a ser descabezado por completo. Las ramas mejores servirían para las techumbres de parideras y viviendas. Las que se hubieran torcido demasiado, para madera. En su preocupación por sanar las heridas del hacha, el árbol invadía de savia la parte en la que se provocaba el descabezado, la toza, y de ahí que ésta engrosara sobremanera y el apelativo de chopos cabeceros, pues en verdad parecen ordenar una cabeza inmediatamente contigua a las grandes ramas, a las vigas.

Escamonda de un chopo cabecero en Cuencabuena
Las vigas de hormigón dieron al traste con toda la economía que giraba en torno de estos árboles. Igualmente, con otros muchos usos y servicios que éstos proveían: bajo su sombra se apacentaba el ganado en las horas cálidas del estío, de sus hojas se obtenía alimento para las primeras semanas del otoño y sus raíces servían para reducir la erosión de ríos y ramblas sobre las tierras de labor. Muchos de esos servicios todavía son provistos, en sus abundantes oquedades amadrigan ginetas y garduñas y de su pródiga madera muerta se alimentan insectos xilófagos de imponente factura. La población turolense de ciervo volante compite con las poblaciones sicilianas de este enorme coleóptero por ser los ciervos volantes europeos más al sur de todo el continente. Y ellos están porque los trasmochos están, en caso contrario, no estarían. Tal vez, yo tampoco.

Dehesa de chopos cabeceros en Aliaga
La modernidad no combinó lo mejor de las sociedades tradicionales con lo nuevo, arrasó con todo. Los chopos cabeceros no fueron arrancados, pero no había ya razón económica alguna para practicarse la escamonda cuando tocase. El grave problema que estos cambios de uso acarrea es que, si bien el manejo de estos árboles es positivo pues incrementa su longevidad, de no llevarse a cabo el árbol pierde vigor y por el peso que soporta, las enormes vigas acaban desgajándolo. Y a estas alturas, sin los chopos cabeceros, están en peligro los magníficos paisajes del sur de Teruel, de las cuencas del Jiloca, del Guadalope o del Alfambra y toda la fauna que depende de éstas dehesas. Pero como con casi todo lo que sucede en Teruel, mientras sus gentes no reblan, no se ha dicho la última palabra. Y los chopos cabeceros, en estos momentos, pueden mirar con la toza bien alta al futuro. Cuentan con buenísimos aliados entre los descendientes de quienes los plantaron, cuidaron y escamondaron durante siglos.

Imbuido de una plenitud extraña, marcho cara Calomarde. Si bien, me da que no será ésta la única parada etnológica del día. Las salinas de Royuela, eso sí con sutileza, me convocan. Empieza a golpear el sol con toda su crudeza. No mentía el parte meteorológico con lo de la ola de calor. Y las salinas, me temo no las ponían a la sombra.

2 comentarios:

  1. Genial. Como si yo misma hubiese hecho el viaje.

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  2. Qué entrañable. Destilas sensibilidad y cariño...

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