martes, 10 de mayo de 2016

Sollavientos, el Acebar de La Mezquitilla y Susín

Igual, del mismo modo en que, durante mi viaje a su regazo, el Sollavientos hizo nacer en mi interior un alguien desconocido para mí, que quizá nunca debió aparecer, pero que lo hizo finalmente, las espesas y viscosas umbrías que suceden en algunos recovecos orográficos de La Mezquitilla, hicieron nacer en sus adentros un acebar inesperado. Del todo inusuales en las latitudes aquellas, los acebos quizá tampoco debieran jamás haber estado allí, entre los continentales pinos a medio mediterranearse del interior recóndito del Teruel olvidado, pero estaban.

El verdísimo herbazal del Sollavientos humilde me llenó de luz y convocó los aires precisos para que, en mí espíritu irredento, se desplegara una imparable nostalgia alegre, inesperada frente a un paisaje que mis ojos de soñador empedernido hollaban por vez primera. Así, he de imaginar, los resquicios entre los pinos otorgaron a la aquifoliácea el margen exacto para elevarse desde la nada del estrato inicial, en un emplazamiento que no le correspondía. En las punchantes hojas acharoladas del acebo, yo bebí de esa grácil plegaria eurosiberiana. 

Cantó Gardel que si todo él lo daba, en cada vuelta iría dejando pedazos de corazón. No pensó el porteño que a un tiempo otros pedazos irían incorporándose. Quién sabe, quizá yo ya había estado antes en el Sollavientos, no de golpe, por supuesto, a golpes, por fascículos, por entregas. De algún modo ininteligible para mí, tuve antes sus aromas entre mis dedos y sus tonalidades fértiles, igualmente antes, entre mis pupilas, así como el paso perezoso de los bóvidos rumiándose sin prisa, como si el paleolítico fuera algo más que un recuerdo casi perdido y todo el tiempo conocido, y por conocer, estuviera a su disposición y pudieran saborearlo eternamente. 

Y quizá yo ya estuve en La Mezquitilla, si bien hasta entrada la mañana no lo supe, hasta observar las prímulas, las hepáticas, los chigüerros y las violetas desplegarse como manteles coloridos en días de fiesta, extendiéndose sin complejos por el acebar, todas ellas flores tan familiares y, sin embargo, tanto tiempo ausentes de mi mirada y tantas horas extrañadas, con hondura, a causa del dilatado periodo de incomprensión y desánimo. ¿Qué latitud cercana era aquella por la que se distraían mis pasos? ¿Qué altitud conocida aquella de la que se alentaban mis pulmones?

Entonces, entre los acebos inéditos, recordé Susín, sus prados salpicados de pétalos, evadidos de néctar, y lo eché de menos; un vacío insondable se me devoró las entrañas. En la maraña vegetal, seguían en su canto los carboneros garrapinos, chiflando sin descanso entre las agujas de las coníferas tan antiguas, y las currucas carrasqueñas, voceando tras los zarzales intransitables menos antiguos. Se oían frecuentes los siseos cortos de los mosquiteros papialbos y los más prolongados, metálicos traqueteos de los escribanos soteños. Un averiado cráneo de corzo, con la borra todavía sujeta a las cuernas, me devolvió a la realidad cruda del lugar que habitamos: eres vérdugo o eres comida y, a veces, ambas cosas. Das, más que recibes, y el resultado no suele ser, casi nunca, del todo satisfactorio, sobre todo para la víctima.

Dudas soy, pero en esas dudas construyo mi templo. Su techo lo jalonan miríadas de estrellas, transitan por su piso corrientes cristalinas embargadas de pescados esforzados y fugaces efemerópteros, adornan sus muros sabinas, enebros y quercíneas de colosales dimensiones y, no sólo, también de proporciones más humildes. Ese templo va conmigo a donde me dirijo. Por eso ya fuí en el Sollavientos, antes de horadarlo por vez primera, y fui antes en La Mezquitilla. Por eso, también el milagro del acebar en el interior del Teruel a medio mediterranizarse, donde quizá no me correspondía estar, pero donde sí estuve.

Valle de Sollavientos

domingo, 8 de mayo de 2016

El Gran Corredor

El gran corredor me miraba preocupado desde sus ojos amarillos y sus horizontales pupilas de carbón. No comprendía absolutamente nada de lo que estaba sucediendo, en él se apreciaba esa inconsciencia propia de los viejos arponeros que apenas son capaces de explicar qué brazos, en la tempestad inclemente, agitan sus frágiles balleneros hasta quebrar los mástiles, desarbolar el velamen y arrojarlos con la muerte al fondo del mar.

También ahí nos zarandeaba a ambos el viento implacable como si se tratase del malhumor incontenible que una cualquiera deidad pueril, y enajenada hasta decir basta, arroja despreocupada contra la fragilidad de un mundo en continuo cambio. Más a mí que a él. Con el tamaño suyo de no querer molestar se veía bastante menos zarandeado entre los carrizos y las valiosas matas de Pucchinella pungens que yo, que no tenía donde meterme. Aunque el Sol se mantenía suspendido en el cielo, su radiar era poco convincente. Por esa timidez solar, precisamente, hacía frío.

Habíamos desplegado ya las redes con el propósito de interrumpir, temporalmente como imponen los cánones, el vuelo de los pájaros. A la orilla, donde el fango comenzaba a ser fango y el agua del lagunazo dejaba de ser agua para ser barro y para constituirse en un amasijo enredado de plantas acuáticas, y de otros vegetales no tan acuáticos. Pocos vuelos serían interrumpidos. La tarde desapacible aconsejaban dejarnos de historias, y de historias nos dejamos. Quedarían, como testigo de la imponderabilidad de los meteoros, las redes plegadas expuestas al cierzo en espera de que cesase el temporal.

Me miraba desde sus ojos amarillos, el gran corredor, y yo lo miraba desde mis lentillas, como de prestado. Debió ser en el Devónico, pensé entre mí, cuando llegaron ellos, tras aquel salto mortal sin red, cuando vinieron de aquellos peces pulmonados con las aletas lobuladas que en la sequedad del interior se quedaron sin aire. Y después llegamos nosotros, mucho después de aquel brinco, hasta aquí. Vaya peregrinación sin igual, hasta aquí con nuestros pulmones bien hermosos, nuestro caminar erguido y nuestra fecundación interna tan perfeccionada, al margen por completo de aquellas masas de agua primigenias en las que se inicio la vida, tal y como es, en estos días aciagos, de nuestro conocimiento.

Él me miraba sin entender nada. Yo lo miraba como a un familiar lejano y sin tener muy claro si había algo por lo que debía expresarle mi agradecimiento. Le desee toda la suerte que estuvo en mi mano desearle, al escabullirse silencioso entre el herbazal trémolo, y me quedé triste, como desprotegido. El cierzo bondadoso suavizó su impronta y por un mínimo instante dejé de sentir frío. A pesar de que ya la oscuridad abisal se cernía maternal sobre nosotros.


jueves, 14 de abril de 2016

Al acecho de Catuvolcus, rey de los Eburones

Aun a pesar de que se nos complicó la noche del sábado en Mora de Rubielos (a mi buen amigo Deme y a mí), el domingo supimos dirigirnos con la mínima habilidad requerida para encaminar nuestros pasos al Barranco del Tajal, entre los términos municipales de Nogueruelas y Linares de Mora, en la Sierra de Gúdar. Es este una formación cerrada en la que la humedad ha dictado sus normas y son, como su propio nombre inspira, habituales los tejos; auténticos objetivos en nuestro desplazamiento. Palpitaba en nuestra memoria el sacrificio de Catuvolcus, rey de los Eburones, que se suicidó con zumo de tejo para no caer en manos de Julio César durante la guerra de las Galias.

Tejo a la entrada del Barranco del Tajal
El tejo (Taxus baccata), es el único representante europeo de las taxáceas, familia de árboles y arbustos casi exclusivos del Hemisferio Norte. Es una especie dioica, es decir que presenta pies masculinos y femeninos, árboles chicos y árboles chicas para que nos entendamos. Sus hojas son aciculares o lineares, más oscuras en el haz y dispuestas en espiral, aunque en apariencia parecen estar en dos filas opuestas. Si bien, por lo que quizá sean más fácilmente identificables sea por su fruto, característico, ya que a la semilla la envuelve una estructura de color rojo con forma de copa, carnosa y de sabor dulce denominada arilo. Salvo ésta, todo el árbol es tóxico, lo que es de agradecer, sin duda, por las aves encargadas de dispersar las semillas (en caso contrario, obvia decir que poco iban a dispersar). 

Hojas y semilas con el arilo característico
A los neófitos en la materia les puede resultar insospechado que alguien se desplace hasta un pequeño barranco cerrado en pos de un árbol, no te digo nada si son dos las personas que persiguen a la conífera, como era nuestro caso. En nuestro descargo diré que el tejo reúne todos los ingredientes para constituir un organismo que supera las barreras de la botánica para adentrarse en el inquietante mundo de la mitología. 

Ya se ha tratado aquí el infortunio de Catuvolcus. Una menudencia. El árbol más viejo de Europa sea quizás un tejo de 2.000 años de edad radicado en la localidad escocesa de Foringall. De tejo es un hacha encontrada en Inglaterra en 1911 a la que se le calcula la friolera de 50.000 años de edad. De tejo, según la leyenda, era el arco de Robin Hood. Y, de tejo, los 167 que en su interior llevaba la nave favorita del rey inglés Enrique VIII al ser hundida, la Mary Rose. 

Tejo de Foringall
Quien tenía una selva de tejos en la Edad Media, tenía un tesoro: su madera constituía la materia prima para la fabricación de arcos y ballestas. Sin embargo, antes de servir en la guerra del hombre blanco, los tejos fueron venerados por los celtas como árboles mágicos y sagrados; a su vera celebraban estos sus contubernios druedítico-masónicos, que diría aquel. Con una pasta fabricada a partir de sus semillas emponzoñaron las puntas de las flechas dirigidas a los legionarios romanos en las cruentas guerras que asolaron las Galias en el siglo I anterior a nuestra era (no les sirvió de mucho, ganaron los romanos por goleada). 
Ambiorix, el otro rey de los Eburones
Con semejante palmarés uno encuentra lógico que a la taxácea se la relacionara con la muerte. Se decía, de hecho, que los ejemplares de los camposantos se las ingeniaban para que cada una de sus raíces culminara en la boca de algún muerto y poder alimentarse de su cuerpo yacente. Aunque también con la vida (que deliciosa bipolaridad). La expresión “tirar los tejos”, tiene que ver con la costumbre de las zagalas de arrojar semillas o ramillas de tejo a los zagales que les hacían tilín.

Pinos en el Barranco del Tajal
Las briofitas y hepáticas que tapizaban el suelo de la barranquera se habrían decantado, sin duda, por cuestiones más prosaicas y sentirán la presencia de los tejos con idéntica postura a la de los pinos mayoritarios. Al igual que la tosca que el enlentecido cauce del arroyo que circulaba por el fondo del barranco iba dejando a su paso. Y al igual que, en las proximidades del agua, las hojas de arce caídas de las que pudimos hacer distinción y las encendidas bayas del majuelo. ¿Quién podría guardarles rencor? Los mitos han sido siempre una cosa nuestra, la obsesión maravillosa de los seres humanos. Cuando todavía lo éramos, claro.                 

domingo, 28 de febrero de 2016

Derzú Uzala y la Laguna del Cañizar

Derzu Uzala salvó la vida de Akira Kurosawa. 

Corrían los años setenta del pasado siglo y el más grande cineasta japonés de todos los tiempos no encontraba financiación. A punto había estado de perder la vida en un intento de suicido fallido en 1971 a causa del declive que venía sufriendo profesionalmente, del declive laboral que lo había sumido en una profunda depresión. El director de Los siete samuráis, Ran o Las Puertas de Rashomon encontró los dineros, finalmente, en el lugar más insospechado. El capital para filmar y firmar Derzu Uzala, el cazador vendría, finalmente, de la Unión Soviética. La cinta ganaría el Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 1975 y ya nada volvería a ser igual.

La del cazador es una película áspera: los diálogos son breves y no hay planos cortos, malabarismos de cámara ni complejos montajes. Y sin embargo, es un largometraje hermoso, una obra bellísima que resalta la amistad de sus protagonistas, el capitán del ejército ruso, Vladimir Arseniev, y el cazador, el propio Uzala. Ambos de mundos diferentes y con visiones opuestas de su lugar en el planeta pero impulsados por un profundo respeto hacia el otro, quizá, precisamente, porque el otro es diferente y maravilloso a un tiempo.


Será siempre, sin embargo, la perspectiva de Derzú la que se imponga y lo serán su modo de vida, integrado a la perfección en la taiga en la que desarrolla su experiencia vital, y su obrar respetuoso con las otras manifestaciones de la naturaleza. Porque, al fin y al cabo, hasta “el fuego es gente” y debe ser tratado con respeto. La maravillosa arquitectura natural de los extensos bosques de coníferas de la Siberia recóndita hallarán, por tanto, en el cazador a su mejor intérprete. Tanto será así, que la expedición rusa, el destacamento que lidera Arseniev (y que tiene por cometido explorar aquellos territorios), salvará la vida, gracias a la sabiduría de Derzú, en más de una ocasión a lo largo de todo el film.

Navegando el mar de carrizos de El Cañizar durante los actos que allá se organizaron para celebrar el Día de los Humedales, maravillado por el vibrante brillo dorado que un sol en dudas, superado por una persistente niebla, conseguía arrancar a duras penas a las gramíneas, no pude evitar rememorar alguna de las más bellas escenas de la película de Kurosawa. Y el paseo, impregnado por el grato recuerdo, tomo un cariz distinto.


Navegando a pie el mar de carrizos, me vi de súbito meditando sobre lo distantes que han quedado, de la filosofía que impregnaba cada acción de Derzú, nuestras maneras de obrar. Igualmente, sobre el momento en que erramos el camino correcto y nos apartamos del resto de manifestaciones de la naturaleza que nos acompañan en este viaje magnífico y que se encuentra tan vacío de color en la actualidad. Y muy en especial, en las razones que nos impiden dialogar entre nosotros y con el medio, comprender nuestro lugar en el planeta y regresar al sendero de la vida y el respeto. 


Navegando a pie el mar de carrizos desee ser Derzú y que el resto de mis congéneres lo fueran, sentir el agua regresar a sus aposentos milenarios y a todas las formas posibles de la vida acuática regresar con ella. Porque era consciente de que no se trata de salvarlas a ellas, sino de redimirnos nosotros mismos y procurarnos un porvenir que, en este invierno sin invierno, resulta más incierto de lo que jamás haya sido. 

Así, bañado por el insistente canto de los pájaros carpinteros mi corazón lloró de gozo por el regalo que una vez más se nos otorgaba pero, sobre todo, lo hizo de esperanza: tanta belleza, tarde o temprano, sería escuchada y comprendida. Derzu Uzala salvó la vida de Akira Kurosawa. Quizá algún día también nos salve de nuestros fantasmas.

jueves, 26 de febrero de 2015

Cuando te llaman del Jiloca

Hace unos meses, la buena de Clara me llamó para proponerme participar en una mesa redonda en Calamocha con otras personas que, como yo, mantienen blogs como éste en el que se intentan transmitir los importantes valores ambientales de ese territorio tan castigado en lo demográfico (y, por ende, en lo económico) que es el Jiloca y la cuenca de Gallocanta. No tuve que pensármelo demasiado para decirle que sí, que podía contar conmigo, si bien inmediatamente después de colgar paré cuenta de que iba a ser la única persona de la mesa que ni había nacido, ni vivía, en el territorio.

Sin embargo, mis abuelos y mi padre sí nacieron en él, en Bañón y Rubielos de la Cérida, dos pueblos emplazados, para que nos entendamos, en las estribaciones de la Sierra de Lidón, a pocos kilómetros de la actual cabecera de comarca. Así que entre lo que siempre escuché en casa cuando pequeño y aquellos veranos de la infancia que pasé en Luco, nació en mí un vínculo afectivo por estas tierras y su paisanaje que, con los años, no ha hecho sino crecer. Buena prueba de ello, considero, son estos escritos, que tienen por humilde objetivo poner en valor un paisaje que, por desgracia, pasa desapercibido para la inmensa mayoría de nuestros conciudadanos y que, en mi fuero interno, considero no debería ser, en absoluto, así. Tomar parte de la mesa tampoco parecía, por tanto, tan descabellado. Además, me iba a permitir intercambiar impresiones con gente a la que sigo desde tiempo atrás y cuyo trabajo, remunerado o no, me despierta una profunda y tierna admiración. 

  Una mesa rebosante de talento y buen hacer (Foto: ADRI Jiloca-Gallocanta)
La cosa no quedó ahí. Metidos ya en la vorágine del Árbol Europeo del Año, hubimos de compaginar la mesa redonda con pedir el voto para el Chopo del Remolinar. Lo que supimos hacer, creo, con diligencia. Chabier supo meterme el gusanazo en el cuerpo y de esa tarde, creo, vino la motivación necesaria para, yendo como habitualmente voy de cráneo, impulsar al candidato en una ciudad tan complicada, y que vive tan de espaldas a Teruel, como Zaragoza. En el Jiloca se están haciendo muchas cosas y se están haciendo bien. Es de un merito incalculable que un territorio tan despoblado, del que todos los gestores, y los no gestores, parecen haberse olvidado, tenga tanta vida bullendo adentro y tanto ímpetu para que ésta se extienda lo más posible. Y eso, más temprano que tarde, se contagia. 

Pidiendo el voto para el Chopo del Remolinar (Foto: Sara Fidalgo)
Ese fin de semana, para acabarlo de rematar, se celebraba la 17ª (ahí es nada) Fiesta de la Despedida de las Grullas organizada por la Asociación Amigos de Gallocanta. Los astros parecían conjurarse en mi favor, todo apuntaba a que iba a ser uno de esas experiencias vitales que quedan siempre imborrables en el recuerdo.  A pesar de haberse anunciado temperaturas muy bajas y algo de nieve, la fiesta no se iba a deslucir.

El frío me subyuga. A la intemperie en el entorno de la Laguna de Gallocanta, admirando como decenas de miles de grullas abandonaban sus dormideros para ir a buscar el alimento imprescindible para concluir, exitosas, su aventura migratoria, pensaba en mis abuelos, y en los abuelos suyos, y me preguntaba cuántas veces habrían sufrido ese frío cortante que yo estaba sufriendo y que mantenía mis dedos a buen recaudo en los gruesos guantes y alejados del disparador de la cámara (aunque intrépido, me lanzara, de vez en cuando, a tomar alguna instantánea). También me preguntaba qué habría sido de mi vida si ellos nunca hubieran marchado a trabajar lejos de estas parameras a las que tanto nos cuesta entender.

El triángulo del frío.  Gallocanta
Fue aquel un pensamiento que me acompañó todo el día, como me acompañaron los trompeteos incansables de las elegantes grullas y ese frío entrañable del que es imposible desprenderse y que conduce a que los carajillos, los tes, los cafés, el vino, los licores en compañía, tengan un sabor distinto al que habitualmente tienen. Un gusto como a estar en casa. Ese pensamiento no se ha separado de mí a lo largo de este mes de febrero en el que, para conseguir que un árbol radicado (nunca mejor dicho) en la Laponia del sur de Europa sea nombrado Árbol Europeo del Año, hemos organizado, a contrarreloj, casi una decena de charlas y hablado con muchísima gente. 

Grullas entrando al dormidero
El domingo madrugué para volver a Zaragoza. Desde el tren pude ver a un zorro buscando su desayuno entre la nieve.  No era un mal colofón a dos días tan intensos. Siempre que marcho del Jiloca deseo volver cuanto antes. No sólo por un paisaje sin el que yo sería incomprensible, también por volver a compartir momentos con unas gentes que se sobreponen a la adversidad del silencio y están llevando su tierra por el mundo sin importar las dificultades que puedan encontrar en su camino. Hace apenas un mes casi nadie sabía qué era un chopo cabecero, mucho menos que en Aguilar del Alfambra (que cabe decir no está en el Jiloca) hay casi cinco mil de estos árboles y que uno de ellos es un imponente benefactor de veinticuatro metros de altura, y de seis metros de diámetro en la toza, que, como sus congéneres, ha dado refugio, calentado y ofrecido alimento, durante siglos, a los hijos de estas tierras exigentes. Hoy se sabe en toda Europa. 

Cuando esta noche se baje el telón, cuando nuestra charla sobre el chopo cabecero termine, marcharán muchas cosas, aunque muchas otras permanecerán. Nadie podrá llevarse esa cálida sensación que me invade de haber sido una ínfima parte de un sueño colectivo maravilloso que representa a la perfección el amor que las gentes de uno de los territorios más recónditos de Europa tienen por su paisaje, por su historia y por su cultura.  Un amor que, en la distancia, también siento mío.

¿Puede un chopo cabecero? (Foto: CDAMA)

jueves, 19 de febrero de 2015

El año que viene...

Por fin llegó algo parecido al otoño: se acortaba el día y refrescaban las mañanas, los chopos cabeceros amarilleaban sobrios en sus posiciones centenarias y en las barzas, a orillas del Jiloca, se agolpaban las moras de este año, algunas todavía rojas de inmadurez, casi todas ya henchidas de su característico morado laminero.

La naturaleza muestra una precisión milimétrica en sus hábitos, cómo sino expone tal exuberancia alimenticia justo en el preciso momento en que los hielos se acercan y el invierno trae consigo un sueño placentero de meses sobre el paisaje, una larga pausa previa a que todo recupere las fuerzas perdidas y vuelva a latir de nuevo con intensidad en primavera.

El otoño es un tiempo de contrastes
Es el momento de replegar el oro de los desayunos invernales, la materia prima con la que llevar a término la mermelada de la nostalgia, la que en aquella canción de La Ronda de Boltaña ablandaba el pan duro del recuerdo y devolvía a su protagonista al lugar de su niñez, pero en esta ocasión con la vivacidad propia de los pueblos atestados de gentes y de actividades y lejos de las vigas podridas y quebradas que impone el silencio.

Como montar en bicicleta, hacer cosecha de moras nos retrotrae a la niñez y consigue siempre arrancarnos una sonrisa, o varias. ¿Quién no recuerda la primera vez que el dulzor sencillo invadió su paladar? ¿Quién no ha maldecido el lamparón morado en la camiseta? Esa mancha que de críos nos importaba más bien poco, salvo por la regañina que seguro habríamos de recibir, pero que perdida esa presteza infantil nos indigna y desalienta.

Araña tigre, Argiope bruennichi, en un zarzal
El otoño invita a reflexionar sobre la caducidad de nuestra existencia, igual que recoger moras y recordar como nos entripábamos de niños al enfrentar el barzal bien repleto, nos conduce a preguntarnos a dónde marcharon los años y qué nos quedará por delante. 

Es cuando a uno le entra la pena de saber que, tarde o temprano, dejará atrás los abiertos espacios esteparios, el intenso azul de su cielo sin mácula y las verdes riberas que los acompañan. Es cuando a uno le conmueven, más si cabe, las pequeñas cosas a las que dedica sus atenciones. Y en mi caso vuelvo mi mirada a las arañas tigre que me acompañaron este verano, como lo hicieron el anterior, en mis paseos por los humildes y hermosos sotos del Jiloca. 

Confío, no sin temor, en que sabrán dirigirse y superarán los rigores invernales de esta parte del mundo. No me refiero a los ejemplares adultos que aun hacen guardia en sus redes de milimétrica belleza arquitectónica, sé que no lo conseguirán. Pienso en la nueva generación que duerme ahora su sueño en las esféricas bolsas de seda, que habrán de darle cobijo, hasta que las duras heladas sean sólo un recuerdo y regrese el bullicio de la vida en marcha. 

Puesta de Argiope bruennichi a escasos centímetros de donde se encontraba la araña adulta

lunes, 9 de febrero de 2015

Un arbol teruelano... Arbol Europeu de l'Anyo?

Mientres sieglos, as chents d’o sud d’Aragón construyoron as casas suyas, facioron calentar os suyos cuerpos y alimentoron a o suyo ganau gracias a os chopos cabeceros, que fuoron tamién materia prima pa fusters u ebanistas, y feitos servir pa escusar a erosión en os campos cercanos a ríos, clamors y arrigachuelos.

En un territorio a on que as plevias son escasas, y que ha sufriu importants deforestacions historicas, o manullo d’os alamos negros i premitiba solucionar o problema d’a escaseza de fusta, de vez que se i obteneban importants beneficios en atros campos como a ganadería. Os chopos cabeceros i formaban autenticas dehesas fluvials que premitiban, de vez, a producción de trallos pa a construcción de fusta pa fer calentar as casas, sin escusar que uellas y crabas i paixentasen y se i brempiasen de vrano y que se i replegase totz os anyos una cullida de fuellas y tallos tiernos pa que os rabanyos i fuesen alimentaus en plegar os chelos, poco antes de que, trasuants, marchasen enta Levante. 

Uellas apaxentando y brempiando-se (Fuent: Xiloca.com)
Os arbols se meteban entre fincas, chunto a las cequias y, más que más, en as marguins d’os ríos, arrigachuelos y clamors pa que as suyas radices retenesen o suelo agricola y lo protechesen d’estar erosionau con violencia por as creixidas propias d’os climas mediterranios. Igual como d’o focín, d’o chopo cabecero se aproveitaba tot y se aproveitaba bien y, asinas, os mils d’istos arbols autoctonos d’o sud d’Aragón rematoron definindo un paisache unico en Europa y en o mundo.

Un paisache unico en Europa y en o mundo
Os chopos negros trasmochos ni yeran diferents, ni en son cheneticament, d’os alamos negros, por eixemplo, de parques y chardins. Ye a man d’o ser humano la que los convierte en arbols extraordinarios. En tallar periodicament todas as brancas (a escamonda, cada quince anyos) se favoreix o enamplamiento d’o tronco y que íste remate estando coronau por una gran protuberancia duriciosa (a toza) d’a que naixerán as brancas largas y rectas (as vigas) ideyals pa a construcción.

A crepada crosta de un chopo cabecero
Luen de suposar un prechudicio pa l’árbol, o suyo manullo fa creixer a suya lonchevidat y a suya grandaria dica plegar en proporcions increyibles y impropias d’os chopos negros. Amás, l’incremento de crepas y de fusta muerta convierte a o chopo cabecero en especie bateauguas, una especie d’a que atras penden pa a suya conservación. Una d’as poblacions más meridionals de cucos de leit (Lucanus cervus) troba en os chopos cabeceros as condicions ideyals pa o suyo ciclo reproductivo. Como tamién Cerambicidae europeus escasos, d’os que no se tienen guaires citas en a provincia de Teruel, como u Aegosoma scabricorne. Y no son pocas as vegadas que se viyen eixemplars de corretroncos, u de ferrers, ficar-se por os entresillos d’a crosta crepada, en busca d’o suyo niedo, con birolla pa a suya pollada.

Aegosoma scabricorne (Fuent: Natura Xilocae)
Totz os anyos, los que amamos istos viellos arbols d’o sud, nos arroclamos en a Fiesta d’o Chopo Cabecero, una convocatoria como no bi’n ha atra en a resta d’Europa. Ye claro que a ells hemos de agradeixer haber plegau t’aquí totz os que descendemos d’ixas tierras duras y polidas y a Fiesta ye una traza de torna-les parte d’o que recibiemos y continamos recibindo d’ells. En 2009 se’n fació a primera, en Aguilar d’Alfambra, y en ella se decidió que o Chopo d’o Remolinar estase incluyiu en l’Inventario d’Arbols Singulars d’Aragón.

A Fiesta d'o Chopo Cabecero 
Iste arbol, de qualques cientos d’anyos de edat, tien más de 24 metros d’altaria, 20 de diametro en a copa y un perimetro de tronco de quasi seis. Manimenos, no son as suyas mesuras lo que lo fan fascinant. O Chopo d’o Remolinar ye un simbolo, resume perfectament a cultura d’os chopos trasmochos d’o sud d’Aragón, preba irrebatible d’a vida que plenó istas parameras y ramblas antes que no os suyos lugars quedasen vuedos y, talment, siga l’asperanza de que a suya situación poblacional pueda estar, antes con antes, revertida.

O Chopo d'o Remolinar
No ye raro, asinas, que en conoixer d’a existencia d’un certamen pa trigar a l’Árbol Europeu de l’Anyo, as buenas chents d’o sud decidisen proposar como candidato a o centenario chopo negro de l’Alto Alfambra. Como no podeba estar d’atra traza, i pasó a primer triga y ya puet votar-se (podrá fer-se mientres tot o mes de febrero) en a pachina d’o certamen. Con o emparo d’as presonas que aman os arbols, d’as que aman os emplegos y costumbres ancestrals y d’as que aman os paisaches, o Chopo Cabecero d’o Remolinar puet estar declarau Árbol Europeu de l’Anyo 2015. Nomás se puet votar, mientres o mes de febrero, en:


Tos i demandarán o vuestro correu, pero no pasetz pena, no tos ne ninviarán publicidat. De camín recibiretz un correu electronico a on que habretz de confirmar o vuestro voto (isto ye a-saber-lo d’important, a chent lo ixuplida a sobén y o voto no se conta).

Sin dubda, ell tos agradeixerá que contribuigatz con a iniciativa espardindo iste articlo u qualsiquier atro que podatz trobar-tos-ne istos días por o rete. Podetz informar-tos de más cosas d’ista convocatoria en o blog d’o Chopo Cabecero d’o Remolinar.