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lunes, 20 de febrero de 2017

La Sierra de Albarracín en Bicicleta: El Algarbe-El Algarbe (II)

Guarda qué solana. En la retina ha quedado, lo mismo que un precioso recuerdo lejano en el tiempo que, por su impronta, se mantiene vívido e intenso, la fresca y húmeda sombra de los árboles gigantes de unos minutos atrás. Un boscacho de sabinas, una selva demasiado abierta es de todo de lo que dispongo para refugiarme de la canícula. La decisión ésta, de última hora, poco meditada, por supuesto y para no romper con la normativa vigente, de locos. A unas salinas, con todo el calor del mediodía. No sabía mi abuela, cuando afirmaba rotunda que ya me entraría el conocimiento, entre bronca y bronca del abuelo, lo que decía la pobre. 

Salinas de Sierra Menera
En una zona ganadera como la sierra de Albarracín, y tomando en consideración que un aporte extraordinario de sal es esencial para el correcto desarrollo, crecimiento y reproducción de la cabaña, no podían echarse a faltar unas salinas como mandan los cánones. No van a ser éstas, he aquí de admitir, las primeras que tenga oportunidad de visitar. Las de Sierra Menera, en el Jiloca, en la raya con Castilla y estorbadas del todo, fueron las primeras. También en un día de verano, o acaso durante la primavera tardía, con bien de sol y, a resultas, bien de calor. Y las segundas, en algún momento del pasado invierno, inusualmente cálido, las de Arcos de las Salinas en la Sierra de Javalambre, también echadas a perder. 

Salinas de Arcos de las ídem
Nadie podría asegurar que las sabinas crecen, milímetro a milímetro, año tras año. Que los ejemplares de mayor porte cuentan siglos y siglos de elevarse con esfuerzo ímprobo sobre la inhóspita aridez del suelo. Que sus dominios fueron inabarcables en los adentros penumbrosos del tiempo geológico; cuando las condiciones climáticas eran adversas ellos se movían como pez en el agua. Y que han quedado reducidos a los terruños más indeseables, donde el suelo no es sino una polvorienta marejada con apenas nutrientes y que es muy ocasionalmente redimido por una lluvia testimonial. Y, sin embargo, contra pronóstico ellos crecen y persisten. 

Hago caso de las indicaciones y tomo una pista forestal en bastante buen estado. En nada, rock and roll: me veo de ciclocross-turista, llevando a rastras la bicicleta por un sendero magnífico (para los senderistas, claro, pero yo hoy de senderista incorporo, más bien, poco). De tanto en tanto valoro la posibilidad de candar la bicicleta a alguna sabina de las que amanecen desperdigadas por la ruta. Pero me ocasionaría dos inconvenientes. Por un lado, encontrar el árbol adecuado, aquel cuyo tronco coja en el candado en U, que no da para demasiadas alegrías. Y por otro, la decisión me obligaría a regresar por este mismo itinerario, cuando quizá la ruta prosiga más allá de las salinas. Se desestima la propuesta por mayoría absoluta, e inapelable, del único voto de calidad del parlamento que rige los destinos del viaje.

Sendero señalizado a las salinas de Royuela
No ha alcanzado el Sol su cenit ni el calor su máximo para el día de hoy. Aquí no respiran ni los arácnidos. Sus telas aparecen desenrolladas sobre la arcilla como se desenvuelve una alfombra por su salón, pero desocupadas por completo, cuesta creer que al fondo del tejido, en el arcilloso túnel, un artrópodo se guarece. Y cuesta todavía más creer que, en algún momento, si no lo ha hecho ya, extenderá su red por todo el planeta.

Cuesta creer que araña extenderán sus redes por todo el planeta
Por fin la rocha toca a su fin y cambio de rambla; unos metros más para alcanzar mi destino. Una ligera brisa apenas perceptible no impide que vaya amplio de sudor, como un tocino podría escribir, aunque la comparación es del todo desacertada pues los cerdos, al carecer de glándulas sudoríparas, no sudan. De hecho, ese afán por revolcarse en el barro, que a nuestra modernidad se le antoja tan reprobable, tiene que ver con ello precisamente; de alguna manera han de regular su temperatura estos suidos domésticos. 

Salinas de Royuela
Con calzador insertas en la rambla estrecha; son estas salinas completamente diferentes a las otras dos instalaciones que he tenido oportunidad de visitar como maniaco de la etnología que uno es. La restauración, he de suponer que trajo consigo las vallas y la red metálica me mantendrá alejado de las cubetas y del empedrado que, como amanuenses sin apenas luz y con instrumentos de escritura muy rudimentarios, los responsables de su construcción urdieron meticulosos. En la distancia imaginaré lo duro de la tarea y las cubetas henchidas de agua saturada de sal evaporándose al sol y dejando como rastro el preciado cristal.

Salinas de Royuela
Tras tomar unas cuantas fotos, me decido por proseguir mi camino. Un par de hombres han amanecido a lomos de una pickup. Por donde ellos han venido se regresa a la carretera, según me comentan. No hay más que hablar.  Agoto una pronunciada cuesta a pie empujando el velocípedo. Acto seguido, me dejo caer. En el descenso a punto estoy de partirme la crisma. No está en tan estupendas condiciones este tramo, profundas rodadas que he de esquivar se muestran siempre amenazantes. Si la rueda delantera de mi bicicleta es hecha prisionera de tan singular relieve, tarde o temprano, al verme incapaz de sacarla de ahí, daré con mis huesos y mi carne, y con el cuero que los contiene, en el suelo, morderé el polvo. No la voy a liar hoy. Las caídas las voy a dejar para más adelante. Y tendrán mucho menos glamur. 

Siento el monótono asfalto, por fin, bajo el metal y el caucho. A Calomarde, a refugiarme de la calorina ésta infernal, a meterme algo sólido al cuerpo y líquido al espíritu. Mi intención es no parar hasta llegar al lugar, al cual antecede una rocha prolongada sin demasiada pendiente. Las intenciones, sin embargo, en este vagar loco sin rumbo, son harto pasajeras. Lo mismo que surge el oasis en la indescifrable aridez del desierto cuando menos lo esperas, entre el achicharramiento mayúsculo al que estaba siendo sometido, amanece la humedad, el verdor y el frescor que propaga la cascada de la Batida, oculta en el pinar y custodiada por los imponentes farallones calizos que han seguido, a su vez en silencio, mis progresos a lo largo de la sinuosa quebrada. Todo el paraje es obra del karst. El producto de la habilidad que tiene el agua, cargada de ácido carbónico, consecuencia de la dilución en del dióxido de carbono de la atmósfera, de disolver la roca caliza.

Cascada de la Batida
El río de la Fuente del Berro ha horadado el estrato calizo hasta aquí abajo y sus aguas límpidas continuarán realizando tan adusta tarea el tiempo que haga falta, encerrinadas en la búsqueda de ese perfil de equilibrio al que toda corriente de agua superficial se ve obligada, en que ni hay erosión ni se da el transporte de materiales. 

También se ha dado el proceso inverso y el arroyo ha depositado parte del carbonato cálcico disuelto. El travertino o la tosca son rocas sedimentarias muy porosas consecuencia de esa deposición. En el entorno de la caída de agua, a la vera de los musgos, se aprecian estas formaciones características de ambientes cársticos, parientes pobres de las más populares estalactitas y estalagmitas, de las que cualquier persona podría dar unas pinceladas por su subterránea espectacularidad. 

Formación travertínica y río de la Fuente del Berro
Sujeto la bicicleta a una barandilla de madera que permite descender hasta la orilla del arroyo con facilidad. Recorro todo el tramo que me resulta posible recorrer sin tener que terminar haciendo la anátida. El enclave es de gran belleza y no sólo por lo que se ve, también por sus sonidos. Escucho el canto de varias aves, voces que me resultan familiares, la oropéndola, el escribano soteño, el chochín o el pinzón se dejan sentir. Reconfortado regreso al punto en que mi bicicleta ha quedado aparcada y tras descandarla, y ponerla en situación, pongo rumbo a Calomarde. A ver si esta vez sí es la definitiva y llegamos de camino.

miércoles, 8 de febrero de 2017

La Sierra de Albarracín en Bicicleta: El Algarbe-El Algarbe (I)

Hoy me saco peso. La comida, la herramienta, la cámara, un par de libros y el cuaderno se vienen de paseo, el resto se queda en El Algarbe. Voy cara Royuela. Tengo una vaga noción de lo que podría hacer hoy, pero nada que tenga que ver con una decisión firme. Una única imposición, regresar a dormir a El Algarbe. 

Me abrevo un café solo y tosco en el primer bar con que me doy de bruces al hacer mi fulgurante entrada en Royuela. Para no desentonar, con los días últimos, he salido sin desayunar. La persiana estaba a medio subir, pero el tipo se porta y me hace el favor de prepararme ese café. Me lo extiende y yo lo recojo para depositar su amarga negritud sobre una de las dos mesas que el establecimiento tiene dispuestas en la frontera del edificio, al aire de la calle. Si bien, a estas horas el aire, lo que se entiende por correr, corre poco. Aguarda la ambulancia, mi benefactor. Su madre ha de ir a rehabilitación. Me lo cuenta por fascículos el par, o tres, de ocasiones que sale a la puerta para comprobar que el vehículo sanitario no ha hecho ni siquiera mención de aparecer. Adecenta el local, como buenamente puede, con la urgencia del desplazamiento materno sobre sus hombros. A saber qué día llevará hoy. 

Royuela 
En Royuela vivían, en 2016, algo más de doscientas almas. En 1950, el lugar llega a contabilizar unas seiscientas. Me invade una honda y muy molesta sensación de desamparo. En el mismo archivo del Instituto Aragonés de Estadística en que puedo leer la desalentadora estadística, unas líneas más abajo, encuentro los datos referentes al pueblo de mi abuelo, Rubielos de la Cérida. Sin duda, aquí en Royuela han corrido mejor suerte. Allá, de cuatrocientas veintiocho almas en 1950, no llegan a las sesenta en la actualidad. Vaya consuelos hemos de encontrar. 

Abono la consumición y aprovecho para preguntar por el horno. Me indica su emplazamiento con meridiana claridad y me desea suerte en mi periplo estival. No puedo impedir que por mi cabeza pase la idea de que él sí va a ser quien la necesite. Qué despropósito este Teruel abandonado a su suerte. Luego pienso en todas las personas a las que he ido conociendo, que tienen su residencia en el terruño, o que han marchado, pero que ponen su esfuerzo y su ilusión, un día sí y otro también, en ese sombrero de copa del que los magos extraen cosas maravillosas para dejar al público atónito y sin palabras. Ellos habrán de ser quienes levanten, por sí mismos, con la ayuda única de su ingenio, por lo visto, esta tierra denostada. Y yo estaré cerca, espero, frotando mis ojos para poder descubrir la naturaleza de los ardides ante los que habremos, no me cabe duda, de descubrirnos cuando Teruel florezca de nuevo.

Guía de la naturaleza de la sierra de Albarracín
En la panadería compró pan y unos hojaldres con chocolate. El portabultos se ha decidido a darme el viaje. Ahora los tornillos que lo sujetan al cuadro se aflojan. Lo peor es el tostón de haber de sacar la caja con la herramienta del fondo de la alforja. Reparar el desaguisado. Devolver todo a su sitio y mirar y remirar si he olvidado una tuerquecita, un tornillete por el piso, comprobar que he devuelto todo a su sitio, que no me voy dejando los zarrios por el camino. La guinda del pastel la pone uno de los tornillos. Ha perdido el dibujo de la llave. Pues se va a quedar suelto, la allen no agarra. Lo peor, que me va a tocar ir comprobando, cada cierto tiempo, que el catatico no se afloja demasiado. Qué cruz.

Mi próximo destino habitado será Calomarde. No sin antes llegarme hasta unos chopos cabeceros emplazados a la orilla del Guadalviar. De ellos me habló Begoña entre que buscábamos orquídeas, un par de días atrás. Toda la estampa precede a la ciudad de Albarracín, a la que no habré de llegar hoy. Me he reservado la última tarde mía acá para pasear por sus calles.

Chopos cabeceros a orillas del Guadalaviar
Chabier de Jaime es profesor de biología y geología en el instituto de Calamocha, su localidad natal (lo que, teniendo en cuenta cómo está el patio demográfico, es de admirar). Ha escrito varios libros, unos en solitario, otros no, que narran del patrimonio ambiental y humano de las tierras del Teruel occidental. Firmó con Rodrigo Pérez, una guía de naturaleza de la sierra de Albarracín que ha sido una excepcional compañera de penurias estos días por razones más que obvias. Es además el principal responsable de que el blog de naturaleza del Centro de Estudios del Jiloca, con el que colaboro de cuando en cuando, se actualice con nuevos artículos cada dos, a lo sumo tres días. Si bien lo saco a colación aquí en su condición (si es que no puede estarse quieto el zagal) de alma mater de la recuperación de la cultura de los árboles trasmochos en el sur del país. De no habernos conocido, este viaje no hubiese sido posible. No estoy pensando en el viaje físico. En ese otro, el que dota a todo de sentido, el del espíritu. En ese viaje, Chabier ha tenido mucho que ver. 

Chabier de Jaime en la última Fiesta del Chopo Cabecero en Badules
Leí sus libros mi primer año, de vecino accidental, en Luco de Jiloca. La casa que mis abuelos compraron, al volver de su exilio económico en Calahorra, había estado cerrada y sin uso varios años. Yo convine a romper ese silencio y a devolverle algo de ruido fines de semana y fiestas de guardar, lo que laboralmente estaba en mi mano. En ese primer año largo, sin amistades por la contornada, mi ocio se reducía a patear los cabezos circundantes y a darle la tabarra a mi tío Vicente, nacido del lugar y vecino de continuo. Me acerqué a los escritos de Chabier para saber qué podía encontrarme en mis caminatas y qué otras rutas, aun desconocidas, podía acometer. Luego vino el Curso de Ornitología práctica que Adrii Jiloca-Gallocanta organiza cada año por primavera, del que Chabier es profesor, y nos conocimos personalmente. Y unos meses más tarde, la primera fiesta del Chopo Cabecero a la que asistí, a celebrarse, a medias, entre Cuencabuena y Lechago, en la que se mostró como un anfitrión excepcional, atento e inclusivo para con un individuo con quien apenas había tenido trato y que aparentaba ser, cuanto menos, personándose en el sarao solo y a pie, de poco fiar. 

Chopos cabeceros en Aguilar del Alfambra
Al crepúsculo de los grandes árboles, imbuido del tintineo monótono del agua en su transcurrir, pienso en Chabier y en lo que vino después de él, en cómo ha cambiado mi vida frecuentar el país de mis abuelos y lo castigado que está. Una afirmación con pinzas, el entorno natural luce una salud envidiable, pero este paisaje no es comprensible sin su paisanaje. Y la historia de los grandes árboles es prueba irrefutable de lo que escribo. Pienso en Chabier, pero no sólo en Chabier. Pienso en Pilar o en Antonio, en Olmo o en Ivo, en los valles del Jiloca, del Alfambra o del Guadalope y en sus descendientes, en todo lo que supone que hayamos llegado hasta aquí, en todo lo que se ha perdido, y una caterva de sentimientos, gratitud y rabia, admiración y tristeza, regocijo y nostalgia, orgullo y esperanza vuelven a pasar por mi corazón. 

Chopo cabecero y río Guadalaviar
Las explosiones demográficas en Teruel supusieron la completa deforestación de una amplia vastedad del territorio para la obtención de madera y pastos. Donde había agua, en las breves vegas y en las ramblas caudalosas, se plantaron estaquillas de chopos negros, árboles de crecimiento rápido que pudieran proveer de la fusta que arrasar con carrascas, rebollos y sabinas había hecho imposible obtener. Ya desde el neolítico se conocía la virtud de los árboles de ribera principalmente, álamos y sargas, de crecer chitos al perder una rama o parte de la corteza. Así, cuando la estaquilla había alcanzado unos dos metros de altura y los brotes iban a quedar fuera del alcance del diente del ganado, al chopo se le descabezaba y éste brotaba nuevas ramillas ascape. Al año siguiente, los chitos idóneos eran respetados y el resto, los que no valían, eran cortados y sus hojas servían de alimento para el bestiamen. Los supervivientes crecerían en longitud a lo largo de los quince, puede que veinticinco años siguientes, rectos e infinitos lo mismo que si buscaran, de algún modo imperceptible, escapar a la sentencia implacable del hacha del escamondador. A su momento, el ejemplar volvería a ser descabezado por completo. Las ramas mejores servirían para las techumbres de parideras y viviendas. Las que se hubieran torcido demasiado, para madera. En su preocupación por sanar las heridas del hacha, el árbol invadía de savia la parte en la que se provocaba el descabezado, la toza, y de ahí que ésta engrosara sobremanera y el apelativo de chopos cabeceros, pues en verdad parecen ordenar una cabeza inmediatamente contigua a las grandes ramas, a las vigas.

Escamonda de un chopo cabecero en Cuencabuena
Las vigas de hormigón dieron al traste con toda la economía que giraba en torno de estos árboles. Igualmente, con otros muchos usos y servicios que éstos proveían: bajo su sombra se apacentaba el ganado en las horas cálidas del estío, de sus hojas se obtenía alimento para las primeras semanas del otoño y sus raíces servían para reducir la erosión de ríos y ramblas sobre las tierras de labor. Muchos de esos servicios todavía son provistos, en sus abundantes oquedades amadrigan ginetas y garduñas y de su pródiga madera muerta se alimentan insectos xilófagos de imponente factura. La población turolense de ciervo volante compite con las poblaciones sicilianas de este enorme coleóptero por ser los ciervos volantes europeos más al sur de todo el continente. Y ellos están porque los trasmochos están, en caso contrario, no estarían. Tal vez, yo tampoco.

Dehesa de chopos cabeceros en Aliaga
La modernidad no combinó lo mejor de las sociedades tradicionales con lo nuevo, arrasó con todo. Los chopos cabeceros no fueron arrancados, pero no había ya razón económica alguna para practicarse la escamonda cuando tocase. El grave problema que estos cambios de uso acarrea es que, si bien el manejo de estos árboles es positivo pues incrementa su longevidad, de no llevarse a cabo el árbol pierde vigor y por el peso que soporta, las enormes vigas acaban desgajándolo. Y a estas alturas, sin los chopos cabeceros, están en peligro los magníficos paisajes del sur de Teruel, de las cuencas del Jiloca, del Guadalope o del Alfambra y toda la fauna que depende de éstas dehesas. Pero como con casi todo lo que sucede en Teruel, mientras sus gentes no reblan, no se ha dicho la última palabra. Y los chopos cabeceros, en estos momentos, pueden mirar con la toza bien alta al futuro. Cuentan con buenísimos aliados entre los descendientes de quienes los plantaron, cuidaron y escamondaron durante siglos.

Imbuido de una plenitud extraña, marcho cara Calomarde. Si bien, me da que no será ésta la única parada etnológica del día. Las salinas de Royuela, eso sí con sutileza, me convocan. Empieza a golpear el sol con toda su crudeza. No mentía el parte meteorológico con lo de la ola de calor. Y las salinas, me temo no las ponían a la sombra.

jueves, 24 de noviembre de 2016

La Sierra de Albarracín en Bicicleta: Griegos-El Algarbe (I)

En diez minutos tengo todo recogido. Me ducho antes de salir, he de aprovechar las instalaciones. Tanta higiene acabará por matarme, me digo socarrón. Ya les he dicho a José y a Begoña que no cuenten conmigo, que iré a mi ritmo y si puedo participar de las orquídeas, algún rato, pues miel sobre hojuelas, en caso contrario, pues ajo y agua. 

Desayuno un café con leche y una tostada con aceite. Ayer no cené, no me apeteció nada echarme la mínima cantidad de algo al cuerpo; ya veremos cómo va el día. El tipo del hostal es correcto. No exterioriza sino un, aparente, enfado continuo. Quiero decir que es, en ocasiones, en mi opinión, demasiado serio. Luego, sin embargo, es atento a cuestiones a las que (soy demasiado consciente) no está acostumbrado: la bicicleta ha dormido bajo techo, ayer y hoy. Esto no es Zaragoza, en Griegos, a mi bici no va a pasarle nada por dormir en la calle, pero el detalle, para un cicloturista de alforja, no tiene precio. Contra pronóstico, al marchar me anima en mi viaje y ríe a mandíbula batiente, se le ilumina el rostro, tras decirle que así es “la vida del ciclista, si no vamos cuesta arriba, pues cuesta abajo”.

He estado a gusto mis dos días aquí, en el Hostal Muela de San Juan, me han tratado bien. Las más de las ocasiones, una joven del este que habrá venido aquí, como tantos otros vienen, persiguiendo una vida, presuntamente, mejor. Como hicieron mis abuelos en su momento, cuando el azafrán trajo los tractores y los tractores se llevaron el oficio del abuelo y hubieron de marchar a trabajar a Calahorra. La he observado trastear tras la barra, amagado tras un vaso de vino, y he pensado en los hijos que quizá sean ya suyos, o en los que quizá tendrá en el futuro, y me he preguntado si también ellos echan, o echarán, en falta la tierra de su madre como yo, tanto a veces, extraño la de mis abuelos. 

Villar del Cobo
Es genial la bajada desde Griegos hasta el desvío. Varios sapos aparecen, en destripe, sobre el gélido asfalto en la umbría.  Han sido atropellados la misma noche en que yo veneraba, con un respeto infinito, a la gran sapa que encontré en mi regreso de Guadalaviar. Muchas bajas provoca la carretera; recuerdo las bondades del ferrocarril, que jamás llegó a estas altitudes, y cómo se ha desvanecido su portentosa figura, abajo en el valle, hasta casi desaparecer. ¿Habrá corrido la sapa idéntico infortunio? Me apena la incertidumbre.

Se estrecha el paisaje. De nuevo las hoces calcáreas que anteceden a Villar del Cobo. Un viejo recoge manzanilla en la cuneta. Vuelvo a admirar la geomorfología del lugar, la roedora labor del agua de lluvia sobre el carbonato cálcico a lo largo de miles de años. Vuelvo a sobrecogerme con ese silencio insondable que rompe, tan sólo, la mecánica vieja y arguellada de mi anciana amiga metálica. Vuelvo a sentirme ínfimo, en comparación con la infinitud manifiesta del tiempo geológico, un sentimiento que me ha ido acompañando en este viaje reiteradamente. Vuelvo a sentirme ínfimo, pero pleno de vez. Y vienen a mi mente las palabras de Luther Standing Bear, aludiendo a esa gran fuerza unificadora que fluye a través de todas las cosas: las flores de la paramera, los vientos, estas rocas que me contemplan desde su altura, los árboles, los pájaros y los animales y, por supuesto, los seres humanos. Cuando alude, en ese libro que he leído y releído, de chico y de no tan chico, La Tierra del Águila Moteada, a la creencia de que todo está emparentado, pertenece a una misma familia, y que esto supone un principio irrebatible y absoluto. 

El paisaje vuelve a abrirse: Villar del Cobo. Ni veo, ni me doy de bruces, con el grupo de orquídeo-maniacos. Habrán marchado ya. Los veré en Frías. Sí que he confirmado mi asistencia a la comida, que es en un restaurante del lugar. 

Ser o no ser.
Villar está en un hondo: toca subir nuevamente. Al iniciar la rocha, un mastín, todavía cachorro, sube delante mío, no sin nerviosismo. Me mira con preocupación, vuelve su cabeza para vigilar mi paso, y lo hace en varias ocasiones. Luego se cambia de arcén, al izquierdo, y se gira de nuevo. No se detiene, no acelera su paso, pero gira su cabeza y me observa una vez más como preocupado. Al instante doblamos una curva y surge de la nada el rebaño que ayuda a pastorear. Un segundo mastín, adulto, nos ve llegar situado en el arcén derecho. También me obsequia con una mirada de sorpresa. Yo no me detengo, entre ambos perros paso acelerando la cadencia de mi pedaleo. El adulto levanta una de sus patas delanteras, adquiere una extraña postura defensiva, como de kung-fu, pero nada sucede. Pobre animal, creo que no tiene muy claro lo que se le viene encima. Quizá sea la primera vez que ve un cicloturista, con alforjas me refiero, cargado como una mula, con la casa a cuestas. Es una expresión de sorpresa con la que topo a menudo en este viaje, al atravesar los pueblos cansados, pero es la primera vez que me la encuentro en un perro. Paso entre los dos canes sin movimientos bruscos y me alejo poniéndome en pie en el velocípedo. Se rencuentran los canes y vislumbro, entre ellos, cierto cariño que yo echo en falta. Ninguno de los dos sabe, a ciencia cierta, qué los ha golpeado.

Subo. Lazadas y más lazadas van quedando atrás. El asfalto, sinuoso, atraviesa un pinar hermoso y la pendiente, no demasiado agresiva, me concede distraerme algo del esfuerzo y atender a la belleza consustancial a la naturaleza. 

El carboncillo y los pinceles del ganado responden por el paisaje
Supero la hondonada, atrás queda Villar del Cobo, cuya estampa me sedujo tan pronto me llegué a su periferia o tan pronto me alcanzó la imagen serena suya (con sus viviendas alineadas a la perfección y sus tejados ordenados cuidadosamente), los conos y bastoncillos, células visuales, que construyen mi manera de mirar. 

Un rato más tarde, me rebasan los orquídeo-maniacos. Tomaron café en Villar del Cobo y esta es la explicación de que no acertara a verlos a mi paso. José se detiene a mi altura y me explica la ruta que seguirán en su fructuosa búsqueda, por si me apetece seguirles (a mi ritmo, claro). Una vez concluye, ellos marchan. Antes Begoña hace un intento por que meta la bici en su furgoneta y me sume a la expedición mecanizada. Le agradezco el gesto, pero mi voluntad es firme. El día, con todo, va a resultar, en este particular apartado, sorprendente.

Charcas agonizantes y testimoniales campos interrumpen el pasto
Su primer objetivo es el nacimiento del río Tajo. Yo llego al desvío unos minutos después (la tracción animal es lo que tiene). Llevo un mapa turístico conmigo, el que edita AETSA, que me ayuda a comprender las indicaciones y conocer qué ruta, si decido seguir a José, Begoña y el resto de la tribu botánica, será la de hoy. Mi único objetivo es terminar en el camping de El Algarbe, lo demás me “sopla el bolsillo”. Miro el mapa: nacimiento del Tajo, luego valle del Cabriel: una pequeña vuelta para la que estoy físicamente más que preparado. Ojo, por pista, eso significa grava, piedras y arenas sueltas, los kilómetros no son comparables al recorrido por carretera, significará un mayor esfuerzo; la rueda girando en el vacío, mi cubierta no tiene tacos.

Me decido. Recuerdo la canción de Manolo: “cuando revientes, descansarás”. Ala pues, al nacimiento del Tajo. Qué pueden ser para mí, a estas alturas, diez kilómetros más, de ida, y otros diez, de vuelta. Si hay toros que están (y esto es una realidad constatable), en peor forma que yo. Lo pienso (somardismo al poder) pero no estoy, en absoluto, convencido. Las horas decidirán, las de músculos en tensión y sol en las mejillas y las de, abierto a los vientos, el corazón.

Tras una breve ascensión, el resto es llanear o descender. Aquí ha impuesto su carboncillo, y sus pinceles, el ganado; continúo empapado en el país de los trashumantes (un rebaño se alimenta en una suave ladera). Los pastos los interrumpen testimoniales campos de cereal. Y afloramientos mínimos de rocas calcáreas que, en el pasado, hubieron de ser el fondo de un mar profundo. Sabinas rastreras han ocupado el lugar que, en tiempos, quizás fue morada de carrascas y rebollos, sucumbidos ya al filo del hacha. Píceas, sí hay. Pinos silvestres imagino, por la altitud, con su estructura asalmonada probando a asediar los cielos. 

Nacimiento del río Tajo
Salvo el rebaño y su pastor, el resto del itinerario está libre de hombres y bestias domésticas. Desde las charcas que salpican los prados, amarilleados por un año particularmente severo, llega hasta mis oídos el canto rasgado de los batracios. Es el modo, quizá, de confirmar la sequedad omnipresente: cantan a un lodazal agonizante. Miro al cielo. Hoy tampoco va a llover y yo, que soy amarillo, deseo ser azul por un día.

Llego al nacimiento del Tajo, me temo, de milagro. He de decidir, en un par de bifurcaciones, por que camino continuar. Los pieles rojas somos así: nada de mapa, a dar rienda suela al instinto. El río Tajo se da a luz: esculturas de metal, enormes. Menuda novedad. Esta es la obsesión del hombre blanco, el rostro pálido ha de hacer muestra de su soberana estupidez en cualquier lugar, por recóndito que se encuentre. Éste, tampoco se ha salvado. Acaso no es, per se, bello el mundo ¿hay siempre que buscarle aditamentos innecesarios?

Miro el mapa y hago memoria. Repito entre mí, una por una, a conciencia, las explicaciones que me dio José Beneito cuando nuestro último encuentro. En apenas unos minutos estoy en el Cabriel. Es precioso lo que se observa desde la entrada al pequeño valle, siento como si cada hoja, cada rama, cada piedra, cada pájaro y cada suspiro del viento me trascendieran y me hicieran uno con el todo que se manifiesta mayúsculo en derredor mío. Mis compañeros orquideanos han de estar ahí abajo, me abalanzo, sin titubeos, a su encuentro. 

Entrada al valle del Cabriel

jueves, 27 de octubre de 2016

La Sierra de Albarracín en Bicicleta: Mirador de la Portera-Griegos (I)

Una luz escueta y vacilante interrumpe mi sueño. La pequeña ventana de la habitación en la que he dormido no le permite ir a más en el interior. He dormido a ratos. Un roedor, puede que algún escarabajo de la madera, ha estado dándose un buen atracón justo debajo de donde yo me había echado a pernoctar y su rosigar infatigable, en la densa penumbra del refugio, ha logrado despertarme en demasiadas ocasiones.  El resto del tiempo, soy terriblemente consciente de que mi sueño no ha sido en absoluto profundo. Con el anuncio del nuevo día decide retirarse a descansar y hacer la digestión y ese respiro que me concede, lo aprovecho para dormir algo más.

El refugio del Mirador de la Portera es una pequeña mansión. Todo lo que un cicloturista pudiera desear, el edificio lo tiene. Dispone de salón-comedor con un enorme hogar en el que poder acometer la preparación de las más exquisitas viandas y junto al que poder mantener una reconfortante charla y prevenirse del frío. También, de un amplio dormitorio en el que, a modo de literas, a la pared se han fijado varios troncos partidos por su mitad sobre cuya superficie plana uno puede echarse a dormir o, simplemente, descansar y en el que hay una pequeña estufa cilíndrica de hierro, con el cometido de impedir que sus ocupantes fenezcan congelados durante las ásperas noches del invierno serrano.

Refugio del Mirador de la Portera
Anoche se escuchaba la larga voz del cárabo. Zorzales charlos y mitos han acudido a los prados que circundan el refugio para darme los buenos días bien de mañana. Voy donde las cuarcitas, a revisar los mensajes del móvil y a disfrutar de esta vista por esa última vez. Cuesta creer (es un decir) que el suelo que piso, a 1750 metros de altura sobre el nivel del mar, fue hace unos 500 millones de años, en el Ordovícico, una plataforma marina en que se acumulaban las arenas y los lodos producto de la erosión, de los inquietos agentes geológicos, sobre ese gran continente que fue Gondwana. Si bien, una vez puesto en canción, no tan difícil (otro decir) imaginar que los artrópodos primigenios que llenaron mi infancia de ensoñaciones fantásticas reptaron por el cuarzo que hoy aflora. Especies de trilobites que dejaron su impronta en el fango marino, surcos producto de su particular caminar cuyos moldes, supuestamente fáciles de encontrar en estas rocas ordovícicas, reciben el nombre de cruzianas.

Cabras de mañana en el Mirador
Tengo poco que hacer aquí. Recojo los bártulos y marcho. Atravieso el prado donde apenas unos minutos antes un rebaño de cabras domésticas salían de su ayuno dando buena cuenta del herbazal y de los brotes tiernos de las ramas, de los pinos silvestres, más cercanas al suelo. Regreso a la pista forestal que ayer tarde me condujo hasta estos pagos y pongo rumbo a Griegos. 

Supero sin contratiempos lo que me resta de subida. Suelo silíceo: arena suelta y la rueda que pierde agarre y gira en el vacío y mi esfuerzo que se despilfarra, inútil. Si bien, mejor ahora que a las siete de la tarde. Voy sobrado de fuerzas.

Peligro, ganado bravo
Una cerca delimita una porción de monte en que ganado bravo, según sostiene el letrero, anda suelto y es preciso andarse con cuidado. Paso confiado el canadiense, las barras tumbadas sobre el suelo disuaden a los bóvidos de abandonar el cercado y suponen un magnífico invento para ahorrarse la portera e indeseados escapes cuando alguien olvida cerrarla. Paso confiado, soy vegetariano y no tienen nada contra mí, no habrá problemas.

Prosigo. Tomo velocidad; la pista desciende y culebrea por entre los pinos vigorosos. A esta altitud, entre los 1.500 y los 1.900 metros, están en su salsa. Siento las esquilas en la distancia, pero no veo ni un solo animal. Éste ha sido siempre un territorio muy antropizado en que la ganadería ha jugado un papel sustancial en su economía desde antes de que fuese integrado al reino de Aragón en 1284 por Pedro III. 

Cercado para el ganado entre el Mirador de la Portera y la carretera A-1512
De la lana vendría su esplendor económico durante la Edad Moderna, como así atestiguan los grandes edificios civiles y religiosos de la época y las huellas que, en el paisaje, han dejado estas actividades, a pesar de la despoblación atroz que sufre este territorio y que a nadie parece preocupar ahí arriba, en las instituciones aragonesas que capacidad tuvieron, sin embargo, en otro tiempo, para redactar fueros y cartas puebla que favorecieran consolidar el número de almas de estos, y de otros, agrestes lugares en Aragón. Así dicen las Cortes de 1451: siempre habemos oído decir antigament e se trova por experiencia, que atendida la gran esterilidad de aquesta tierra e pobreza de aqueste Regno, si non fues por las libertades de aquél, se irían a vivir y habitar las gentes a otros Regnos e tierras más fructíferas. 

Un territorio ganadero desde antes de ser integrado al reino de Aragón en 1284
Y tanto va el cántaro a la fuente que de bruces me doy con unos corrales que, deduzco, son empleados para marcar el ganado cuyas esquilas escucho en la distancia impenetrable del pinar albar. Afoto las instalaciones. Hago equilibrios encaramado sobre el murete para buscar ángulos imposibles de encontrar en pie, sobre el suelo. ¡Qué buena honra me hubiese hecho un gran angular! ¡Incluso un ojo de pez! 

Cancela afotada desde el equilibrio que proporciona el murete
La pista desemboca en el asfaltado. Tomo el sentido que considero correcto. En muy breve tiempo las señales de tráfico me indican que voy hacia Orihuela y Bronchales. Me río por no llorar. Toca que desande lo andado, o mejor, que descicle lo ciclado. Vuelvo a detenerme. ¡Voy a llegar a Griegos a las diez de la mañana! ¡Qué diantres voy a hacer el resto del día! 

Me replanteo la situación. Saco el mapa. Ya está, me voy a Noguera y luego a Tramacastilla. A lo tonto modorro van a ser unos 50 kilómetros, que ya parece más lógico para una jornada de pedaleo completa, en condiciones. Vuelvo a desciclar una parte de lo ciclado. Me cruzo con un ciclista de carretera con el que me he cruzado previamente y el pobre hombre debe alucinar pepinillos al verme. Me pienso tonto de capirote. 

Puerto de Noguera, 1.695 metros
Puerto de Noguera. Un poco de chiste, no he subido prácticamente nada. Eso sí, ahora toca descender un buen pedazo hasta Tramacastilla, situada a 1.260 metros sobre el nivel del mar, y volver a subir hasta Griegos, a 1.601, una de las poblaciones a mayor altitud de la Península, para pernoctar. Y he dormido por encima de los 1.700. Esto va a ser un sube y baja de no te menees y voy, todavía, sin desayunar. Esta claro que no sólo de pan vive el hombre.

La carretera del Puerto es un rímel asfáltico que se corre sin que nadie lo remedie y que provoca vergüenza al seguir su desastroso trazado atascado de baches y de parches, fuera de la hipnosis que el espléndido horizonte impone, . Las autovías que profundas heridas ocasionan en el paisaje, por las que rápido se llega, rápido se marcha. Pero estas infraestructuras ojerosas anteceden a la muerte. Siento pena por este país chiquito que parece abocado a desaparecer si sus gentes no se rearman. Y me apena mucho más ser consciente de que, para la mayoría de preguntas, no tengo respuestas. 

Esas ojerosas carreteras de Teruel
Fuera del pinar, superado el puerto de Noguera, a la derecha indica la señalización, la Peña del Castillo. Es un promontorio rocoso del que, parece, pueden obtenerse bellas vistas. Me salgo de mi ruta y dejo la bicicleta en su base para comenzar la trepada por la roca. No hay peligro, aunque habré de parar cuenta no vaya a ser que la líe. Voy solo, nadie demandaría ayuda si caigo. 

Llego arriba con resuello de sobra. Me siento un rato en el pitón volcánico a contemplar lo que se extiende a mis pies. La vegetación es abierta y marojos de pequeño porte abren sus ramas a los aires y a las lluvias del cielo, en la base de la formación volcánica, entremezclados con los pinos. Los abisales orígenes de la Tierra me golpean de nuevo, el cono volcánico relleno de lava solidificada expuesta por la erosión me colocan nuevamente en mi lugar.

Peña del Castillo
Tomo varias fotografías con el automático de la cámara. El que me sucede pensar, es el mejor lugar para emplazarla, sobre la roca, me resulta inseguro; si esbara la cámara rematará decenas de metros más abajo, hecha añicos. Apostaremos por no jugar con fuego. 

Una vez he terminado de tomar fotografías, satisfecho de lo contemplado, desciendo con precaución. Sigo viaje hacia Noguera de Albarracín. Es un veloz y divertido descenso.  Llegó sin hambre a pesar de no haber probado bocado esta mañana. Y tan sólo tomaré café.

Noguera de Albarracín

martes, 20 de septiembre de 2016

Pancrudo

Marcha el Sol a su diaria cita ineludible con el lado oculto del globo terrestre.

Un cernícalo nos desea buenos sueños; se sostiene gracias a sus inquietas alas de mil y un ires y venires locos en el acogedor viento que nos mece con dulzura. Frente a su estarse ingrávido, los restos descompuestos de una imponente paridera reclaman su lugar en el mundo.

Las palabras de mi abuelo Mariano retumban en los agrestes entresijos de mi memoria. El camino a Caminreal que él anduvo en tantas ocasiones para tomar su tren, lo deshago a lomos de mi inseparable compañera que acusa los años y los kilómetros y se queja en forma de chirridos inequívocos poco preocupantes.

Fernando pedalea detrás de mí. Más que una bicicleta lleva un carro de combate, una mole metálica que lastra su cuerpo pero que jamás ha podido con su indómito corazón. Quizá piensen ambos en los míticos puertos pirenaicos que se han desayunado bravísimos uno en compañía de la otra. Con todo, buen ritmo gastan; esta noche dormiremos los cuatro en Pancrudo.

En Pancrudo, y pasaremos en nuestro devenir por Cosa y por la ermita de la Virgen de la Langosta, donde se detuvo la plaga, puede que milagrosamente. Dejaremos atrás Alpeñés y sus calles asilenciadas en que las farolas alumbrarán nuestro ciclar entusiasta sin pena ni gloria. Cuando el Sol desaparezca tras ese horizonte encendido que grita su majestuosidad inapelable a las seis direcciones y el lugar de Bañón sea sólo un recuerdo en la fatiga que acumulen los intrépidos músculos que nos viajan.

Mi abuelo Mariano trabajó en Cosa, cuando los tractores no eran que una promesa de una vida mejor. Cuando todavía los mulos hacían el pan de su sudor y su esfuerzo y los zafranes se recogían en los octubres de infarto, se esbrinaban, tostaban y guardaban en los cajones hasta que los precios al alza recomendaban su venta. Cuando había gente en los pueblos y a mi padre-niño lo saludaban efusivas las vecinas de mañana. Luego ese capital de ocasión trajo consigo los tractores y los desagradecidos se llevaron el zafrán e, implacables, a mis abuelos lejos de estos secanos que recorro a lomos de una bicicleta guerrera, durante este anochecer sin pausa. 

Cosió collerones y albardas en Cosa y en el Villarejo de los Olmos. Y casó en Bañón. Y fue nacido de Rubielos de la Cérida, cuyos suelos enrojecen la retina, arden el nervio óptico y compiten con el hermoso aroma a brasas que esta enfebrecida puesta de Sol anda esparciendo por asfaltos, capitanas en flor y rastrojos pacientes.

En deuda con él, y con mi abuela (que fue guerrera irredenta hasta que su mente se extravió, sin solución, en un océano de recuerdos y dolores inconexos), enhebro kilómetro tras kilómetro de esta maldita carretera de juguete. Dentro de la fértil nocturnidad de sueños clandestinos en la que me ha depositado un crepúsculo inigualable, vocifero una súplica sin límites por una estrella inmarcesible que me redima. Y mi corazón palpita de emoción por el intenso estremecimiento que me invade de sentirme en casa sin ser de casa.

De madrugada lloraré estas tierras. De madrugada, ellas me llorarán en un pálpito indescriptible y yo amaré a los condenados que se niegan a sucumbir a su condena, a la paridera valiente que exige su lugar en el mundo sitiada por su ruina y a este Teruel recóndito-sin miedo que no va a permitir que lo subyugue su sentencia.  A este Teruel inconforme que grita en el Gaire a las seis direcciones del Universo su valía inmensurable.

Y estaré cerca de mis abuelos y no los echaré tanto a faltar. Ni a ellos, ni a los zafranes, collerones y albardas que les dieron alimento antes de los tractores y de estas malditas carreteras de juguete que les sirvieron para marchar pero no para quedarse.

Marcha el Sol a su cita ineludible y queda la noche para los sueños justos y las tristezas buenas. 

La noche.



jueves, 14 de abril de 2016

Al acecho de Catuvolcus, rey de los Eburones

Aun a pesar de que se nos complicó la noche del sábado en Mora de Rubielos (a mi buen amigo Deme y a mí), el domingo supimos dirigirnos con la mínima habilidad requerida para encaminar nuestros pasos al Barranco del Tajal, entre los términos municipales de Nogueruelas y Linares de Mora, en la Sierra de Gúdar. Es este una formación cerrada en la que la humedad ha dictado sus normas y son, como su propio nombre inspira, habituales los tejos; auténticos objetivos en nuestro desplazamiento. Palpitaba en nuestra memoria el sacrificio de Catuvolcus, rey de los Eburones, que se suicidó con zumo de tejo para no caer en manos de Julio César durante la guerra de las Galias.

Tejo a la entrada del Barranco del Tajal
El tejo (Taxus baccata), es el único representante europeo de las taxáceas, familia de árboles y arbustos casi exclusivos del Hemisferio Norte. Es una especie dioica, es decir que presenta pies masculinos y femeninos, árboles chicos y árboles chicas para que nos entendamos. Sus hojas son aciculares o lineares, más oscuras en el haz y dispuestas en espiral, aunque en apariencia parecen estar en dos filas opuestas. Si bien, por lo que quizá sean más fácilmente identificables sea por su fruto, característico, ya que a la semilla la envuelve una estructura de color rojo con forma de copa, carnosa y de sabor dulce denominada arilo. Salvo ésta, todo el árbol es tóxico, lo que es de agradecer, sin duda, por las aves encargadas de dispersar las semillas (en caso contrario, obvia decir que poco iban a dispersar). 

Hojas y semilas con el arilo característico
A los neófitos en la materia les puede resultar insospechado que alguien se desplace hasta un pequeño barranco cerrado en pos de un árbol, no te digo nada si son dos las personas que persiguen a la conífera, como era nuestro caso. En nuestro descargo diré que el tejo reúne todos los ingredientes para constituir un organismo que supera las barreras de la botánica para adentrarse en el inquietante mundo de la mitología. 

Ya se ha tratado aquí el infortunio de Catuvolcus. Una menudencia. El árbol más viejo de Europa sea quizás un tejo de 2.000 años de edad radicado en la localidad escocesa de Foringall. De tejo es un hacha encontrada en Inglaterra en 1911 a la que se le calcula la friolera de 50.000 años de edad. De tejo, según la leyenda, era el arco de Robin Hood. Y, de tejo, los 167 que en su interior llevaba la nave favorita del rey inglés Enrique VIII al ser hundida, la Mary Rose. 

Tejo de Foringall
Quien tenía una selva de tejos en la Edad Media, tenía un tesoro: su madera constituía la materia prima para la fabricación de arcos y ballestas. Sin embargo, antes de servir en la guerra del hombre blanco, los tejos fueron venerados por los celtas como árboles mágicos y sagrados; a su vera celebraban estos sus contubernios druedítico-masónicos, que diría aquel. Con una pasta fabricada a partir de sus semillas emponzoñaron las puntas de las flechas dirigidas a los legionarios romanos en las cruentas guerras que asolaron las Galias en el siglo I anterior a nuestra era (no les sirvió de mucho, ganaron los romanos por goleada). 
Ambiorix, el otro rey de los Eburones
Con semejante palmarés uno encuentra lógico que a la taxácea se la relacionara con la muerte. Se decía, de hecho, que los ejemplares de los camposantos se las ingeniaban para que cada una de sus raíces culminara en la boca de algún muerto y poder alimentarse de su cuerpo yacente. Aunque también con la vida (que deliciosa bipolaridad). La expresión “tirar los tejos”, tiene que ver con la costumbre de las zagalas de arrojar semillas o ramillas de tejo a los zagales que les hacían tilín.

Pinos en el Barranco del Tajal
Las briofitas y hepáticas que tapizaban el suelo de la barranquera se habrían decantado, sin duda, por cuestiones más prosaicas y sentirán la presencia de los tejos con idéntica postura a la de los pinos mayoritarios. Al igual que la tosca que el enlentecido cauce del arroyo que circulaba por el fondo del barranco iba dejando a su paso. Y al igual que, en las proximidades del agua, las hojas de arce caídas de las que pudimos hacer distinción y las encendidas bayas del majuelo. ¿Quién podría guardarles rencor? Los mitos han sido siempre una cosa nuestra, la obsesión maravillosa de los seres humanos. Cuando todavía lo éramos, claro.                 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

El viejo corral y la esfinge colibrí

Siempre que viene a mi encuentro una esfinge colibrí, con indepencia del lugar o el modo en que se aproxima, regresan a mi memoria los mismos recuerdos: los veranos de mi niñez en la casa que mis abuelos habían comprado en Luco, una vez dieron por concluido su exilio laboral en Calahorra. Fue entonces cuando descubrí esta particularísima especie de mariposa en el corral, en el receptáculo escueto que en tiempos habría sido domicilio para gallinas y conejos y antesala de la cuadra y del forraje para los machos y que, con los veloces cambios sufridos en las sociedades campesinas aragonesas durante la segunda mitad del siglo pasado, quedó casi sin utilidad, relegado a lugar de esparcimiento ocasional o a espacio en que tender la ropa una vez lavada. Con todo y con eso, en los tiempos en que mis abuelos pasaban los veranos en Luco de Jiloca, el viejo corral lucía una vigorosa hiedra que cubría todo el muro que lo separaba de la calle contigua, así como dondiegos y tajetes, y otras herbáceas en flor, que mitigaban algo su esplendor perdido. Es por esto que siempre que viene un ejemplar a mi encuentro, sin importar el lugar, recuerdo aquel otro compañero leal que amanecía libando las flores del viejo corral cada verano y que fue una ayuda inestimable en mi desarrollo temprano para entender una parte del mundo que me rodeaba. Aquel minúsculo insecto que revoloteaba alrededor de las flores accionando infatigable unas alas locas, cuyo no visible ir y venir emitía un zumbido más que audible, me hizo comprender que no debía guiarme jamás por las apariencias.


Al principio, mísero ignorante, lo confundí con un abejorro y mis miedos infantiles me empujaron a abandonar el corral y meterme en la casa, comportamiento que mantuve durante semanas con cada nueva visita del insecto. Pero el lepidóptero no cejó, se acercó casi cada día a libar las bien atendidas flores, dándome el tiempo necesario para que yo fuera sustituyendo aquellos temores infundados por la sana curiosidad del niño ávido de conocimientos. Terminé por ignorar lo que consideré siempre una certera y dolorosa picadura y me acerqué más y más a sus alas invisibles, pudiendo describir finalmente su magnífica espiritrompa; paré cuenta de que aquel alado, de abejorro nada de nada. Aquello fue una revelación en toda regla, ni aquel corral callado suponía que aquel pueblo hubiera estado siempre tan vacío de vida, ni un traje y una corbata hacen a alguien mejor persona, ni unos pantalones raídos lo hacen, por supuesto, peor.


La última vez que una esfinge colibrí me ofreció para mi deleite su vuelo inquieto y la maravillosa locura invisible de su aletear nervioso, estaba dándome un paseo por la orilla del pantano en Lechago. Era, naturalmente, verano, pues estas mariposas no soportan el frío del invierno y es de esperar que migren de un territorio tan gélido en el invierno como es el Jiloca. Durante un rato andamos ambos jugando a las persecuciones, ella libando el néctar siempre que se le presentaba la ocasión y yo encorriéndola para tomar una foto que llevarme conmigo de vuelta. Algo a lo que poder mirar cuando viniera a mi memoria aquel silencioso corral tan venido a menos y los intensos veranos de mi niñez.

miércoles, 16 de abril de 2014

Navatas en A Espunya

Los maldita modernidad también se llevó a las navatas y a los esforzados montañeses que las construían y navegaban. Estos no sólo tallaban los trallos, también ramas de sarga, un arbusto de la familia de los sauces, con las que, tras ser retorcidas y remalladas, se obtenían los verdugos cuyo destino era atar los trallos en uno o más trampos. El resultado era una plataforma de gruesos maderos, fabricada sin emplear una sola punta ni un solo tramo de cuerda, sobre la que se navegaban los indomables mayencos de los ríos pirenaicos en la primavera. El propósito del peligroso viaje no era otro que conducir la madera, para su venta, hasta las poblaciones de tierra plana.

Los trallos ya preparados para conformar las nuevas navatas
La empresa tuvo, sin duda, dimensiones mitológicas. Bien se sabe hoy que la navegación es la forma menos costosa de transportar mercancías o personas, de ahí surgió la idea de construir canales destinados al movimiento de toda clase de artículos, incluido el Canal Imperial de Aragón. Los navateros lo supieron desde siempre, aprovechando la fuerza del agua para entregar la madera cortada cada año a sus compradores sin infraestructuras viarias de ningún tipo ni combustible; hicieron de la necesidad virtud. El último de estos peculiarísimos navíos llegó a Tortosa a finales de la década de los cuarenta del siglo pasado, sus ocupantes habrían de volver a la montaña a pie para no volver a descender nunca más los mayencos primaverales a bordo de una navata. La construcción de pantanos y saltos hidroeléctricos los relegaría al olvido, hasta que las buenas gentes del Sobrarbe recuperaron este oficio hacia mil novecientos ochenta y cinco, secundándose pronto la iniciativa por montañeses de los otros dos grandes ríos del Pirineo aragonés. Hoy, navateros del Cinca, del Gállego y del Aragón se reúnen cada año para construir tres navatas, una para cada uno de los tres grandes afluentes del Ebro, rememorando las increíbles proezas que acometieron sus antepasados primavera tras primavera.

Atos de ramas de sarga esperan a ser retorcidos
A principios de este mes la convocatoria fue en A Espunya, en el viejo Condado del Sobrarbe. Fieles a su cita, navateros y navateras de todo el Pirineo se pusieron a la tarea de retorcer los verdugos que, una vez remallaus, tendrán la suficiente flexibilidad como para ser utilizados como cuerdas y ser pasados por los foraus, barrenados en las mortesas, para unir los trallos entre sí y formar los trampos. Intentando aprender sin éxito, metiendo la pata una y otra vez a pesar de las claras y atentas explicaciones de los navateros, no podía evitar pensar en la ancestral tradición de la que estaba siendo privilegiado espectador y en todas las cosas que nos ha traído el progreso y en las que, es bueno no olvidarlo, se ha llevado consigo. En incuantificable valor que tiene el logro de impedir que algo así desapareciera sin remedio. Y en si hubiera sido posible otra modernidad, una que no hubiera sacrificado las navatas ni tantas otras manifestaciones de lo que fuimos en tiempos. 

Retorciendo uno de los verdugos ayudándose de un forau barrenado en una de las dos mortesas practicadas en el trallo. 
Ningún paisaje puede entenderse sin las gentes que lo hicieron posible, así como la matorralización y pérdida de calidad forestal de las selvas pirenaicas no pueden comprenderse sin prestar minuciosa atención al desaparecido legado de aquella soberbia estirpe de marineros fluviales que, de un modo u otro, sobreviven en la admiración de los navateros actuales por su herencia cultural y hacen su descenso cada primavera, con ellos y ellas, por los tres grandes ríos de las montañas del norte de Aragón. 

Monumento a los navateros del Sobrarbe en A Espunya
Forau: agujero
Mayencos: crecidas primaverales de los ríos provocadas por el deshielo
Mortesas: rebaje en los troncos en que se practica los agujeros por donde se pasarán los verdugos para atar aquellos entre sí.
Remallar: proceso por el que se termina de dar flexibilidad a las ramas de sarga para utilizarlas como cuerdas.
Trallos: troncos.
Vérdugos: ramas de sarga.

domingo, 9 de marzo de 2014

La primavera se barrunta en Susín

Subo a Susín con cierta frecuencia a cumplir con más de una promesa de las que le hice a una buena amiga y a sentirme todavía en su compañía, ahora que ha marchado por esa desconocida senda que habremos todos de seguir alguna vez. Con el viaje espacial realizo también uno en el tiempo, pues el lugar se conserva tal y como estaba hace medio siglo, habiendo sobrevivido a la locura del ladrillo, y siendo un magnífico ejemplo, es muy probable que el único, de cómo eran las poblaciones pirenaicas entonces.  Antes de llegar, un busardo ratonero hace de anfitrión y me recibe regalándome un vuelo muy próximo, gracias al que puedo admirar su rebusto cuerpo de bella factura.  Es un anticipo, sin duda me anuncia lo hermoso del tramo a pie que resta hasta llegarse al pueblo. Un pico picapinos juega al escondite entre la espesura forestal aprovechando el tronco de un quejigo para ocultar su cuerpo a las miradas inquisitivas de los senderistas, tal y como habitúan a comportarse estos pájaros carpinteros de mediano tamaño. Siempre se escucha cantar a carboneros y petirrojos en la uniformidad de estos pinares que rompe, con encanto, algún roble imponente de los que se empleaban, antaño, para definir los lindes de las fincas. Qué rabia da, a menudo, no llevar encima un buen equipo fotográfico.


El trabajo de volver a levantar los vetustos muros de piedra no impide descubrir lo que pasa inadvertido a menudo. Un ejemplar de mariquita de dos puntos, coleóptero al que su color negro ayuda a absorber el calor en lugares de baja irradiación, trata de ocultarse en los pliegues de uno de los árboles de pequeño porte, aún desnudo de follaje, que se asoman al camino que conduce a la ermita de la Virgen de las Eras. Los coccinélidos son unos escarabajos pequeños, por lo general esféricos, de patas cortas y retráctiles conocidos vulgarmente como mariquitas. El más conocido es la omnipresente mariquita de Dios o de siete puntos, lo que no evita que existan otras especies tan hermosas, o incluso más. Su apariencia entrañable oculta su naturaleza depredadora, siendo un magnífico aliado en el control de las poblaciones de pulgones y cochinillas, a los que caza y devora con fruición, cuando se trata de no llenar el planeta de sustancias ponzoñosas cuyos nocivos efectos son todavía desconocidos. 


En el prado de detrás de las casas y bordas del lugar, los jabalíes han hecho de las suyas y no hay espacio que no hayan hozado en busca de bulbos y raíces. Sus excrementos aparecen aquí y allá, algunos de los cuales son de un tamaño considerable, confirmando la participación, en el chandrío, de individuos imponentes. Invierno en estas latitudes es un padre severo que apenas ofrece qué comer a sus vástagos, quizá sea esta la razón de que los señores del bosque hayan forzado el pasto con semejante profusión. Un padre severo presto a dejar su sitio a la nueva estación.


El eléboro es una hierba perenne que gusta de la umbría y que, debido a su toxicidad, se conoce popularmente como hierba del ballestero, al utilizarse su savia para pringar los dardos y flechas con la perversa idea de infligir un mayor daño al enemigo. Sus flores campaniformes, poco vistosas salvo un testimonial ribete rojizo, asoman pronto, aprovechando la luz que llega al sotobosque los últimos días de invierno, antes de que los árboles caducifolios se hayan vestido de hojas nuevas.  No se demorarán, los días se vienen alargando desde hace semanas, el entorno ha ido cogiendo temperatura y están los eléboros en flor: se barrunta ya la primavera.


Susín, Tierra de Biescas, 22 de febrero de 2014